Los Mayas y los Baños de Vapor

Por Arqueólogo Gabriel González Aké, UADY

Actualmente realiza investigación de campo para el INAH.

Históricamente, las sociedades y culturas humanas han desarrollado métodos y técnicas dentro de sus tradiciones para tratar padecimientos del cuerpo e incluso del alma; éstas varían dependiendo de la época, área geográfica y cultural en la que se hayan desarrollado y, en una misma región, pueden encontrarse diversas maneras para tratar un mismo padecimiento y viceversa: podría identificarse una práctica paralela en dos pueblos o grupos distintos, distanciados por el espacio geográfico y temporal.

Una de estas prácticas médica-terapéutica y ritual es el baño de vapor, que se ha llevado a cabo tanto entre las culturas de países nórdicos como en medio oriente, conocidos como los famosos saunas o baños turcos. En el continente americano se tiene información de distintas prácticas de baño de vapor a lo largo de todo el continente. Todas estas prácticas, en esencia, comparten el mismo principio: el uso de vapor de agua dentro de un espacio confinado y una finalidad terapéutica específica, por lo general asociada al bienestar físico o espiritual de la persona que lo usa.

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Reconstrucción digital del baño de vapor maya. Crédito: Proyect Arq. Nakum.
Fotografía: Piotr Kolodziejczyk Jr.

En lo que actualmente es el territorio México, los pueblos prehispánicos contaban con distintas tradiciones culturales que utilizaron el baño de vapor como una herramienta de terapia física, que estaba profundamente enraizada en concepciones y preceptos simbólicos y religiosos, definidos por su percepción y entendimiento de cómo estaba conformado el universo.

Sin embargo, mucho de lo que se sabe de los baños de vapor respecto a su función, su morfología y formas de empleo se basa en el conocimiento del temazcal centro-mexicano, tanto en las evidencias arqueológicas como en las evidencias etnográficas; por lo que muchas veces se ignora, de manera generalizada, la diversidad de grupos culturales que existieron y aún existen en nuestro territorio. Con base en eso suele soslayarse que, si bien empleaban la misma práctica terapéutica, lo hacían de acuerdo con sus propias tradiciones culturales y otras particularidades relacionadas con su entorno.

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Lo que sabemos de los baños de vapor como práctica cultural se debe a que (desde un inicio) quienes se interesaron en entenderla, por lo menos en el ámbito académico y desde la arqueología, se aproximaron a estudiarla a través de los contextos arqueológicos y datos etnográficos de casos modernos. Dicha aproximación fue ampliando sus perspectivas, utilizando datos de procedencia histórica, estudios antropológicos y documentos etnohistóricos a través de la historia moderna.

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Baño de vapor; situado en la parte sur del Patio 9, sitio arqueológico de Nakum, Petén. Foto: José Mata.

Dentro de la gran área cultural que conocemos como Mesoamérica y que corresponde territorialmente a parte del actual México, Guatemala, Belice, El Salvador y parte de Honduras, existió en la antigüedad una gran diversidad de grupos culturales que actualmente persisten a través de sus descendientes. Y es en esta área donde se han concentrado los estudios sobre baños de vapor, aunque no es la única.

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Hipótesis reconstructivas sobre formas de uso y accesos del baño de vapor del Montículo 1 de Ocozocoautla, Chiapas. (según Agrinier, 2014; 31-33).

Existen otros nombres con los que se le conoce al baño de vapor en lenguas mayas, como tuj, en quiché; chú en mam; chuj en canjolabal, y pus entre los tzeltales y tzotziles. En maya yucateco se conocen -a través de diccionarios coloniales y modernos- dos términos: el primero es (de manera textual) Zumpulche, que se puede entender como “enjuagador, para enjuagar o perfumar ropa”; una segunda acepción del mismo término es: “Baño en que entran las recién paridas y otros enfermos para echar afuera el frío que tienen en el cuerpo”. Otro término encontrado en diccionarios del idioma maya es; chokó sintumbil ha’, cuyo significado es baño de vapor; y también el término chokó, usado como sinónimo de las palabras temazcal y baño de vapor, pero que textualmente es traducido como “caliente”
De acuerdo con las fuentes históricas y arqueológicas se puede hablar de al menos tres finalidades para esta práctica: la médica, para atender padecimientos, lesiones o condiciones del cuerpo; la terapéutica, para dar cuidados paliativos y continuidad a las secuelas de los padecimientos tratados; y la ritual, la cual está asociada a actividades mágicas y/o religiosas. Sin embargo, las tres están íntimamente ligadas a entendimientos del mundo y del cuerpo en donde se mezclan conocimientos mágicos y metafísicos con conocimientos provenientes de la experimentación y que ahora entendemos como ciencia.

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Baño de vapor en Malpasito, Huimanguillo, Tabasco.

Los padecimientos que se sabe eran tratados en los baños de vapor van desde resfriados hasta padecimientos de la piel, los cuales son mencionados recurrentemente en textos históricos; estos padecimientos son, por lo general, heridas, cortadas y golpes; así como infecciones, salpullidos, erupciones, verrugas y distintos tipos de “sarnas” (término frecuentemente utilizado por los frailes y otros cronistas de la época colonial).

De manera especial, estos baños de vapor eran el medio principal para el proceso del parto y para dar tratamientos posteriores a él; y en este punto estamos hablando de una terapéutica que se aseguraba de que la persona tratada con el baño continuara con su mejoramiento.

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Diosa sapo.

En cuanto a las prácticas rituales, en el contexto arqueológico se han encontrado edificios de baño de vapor asociados a posibles prácticas de sacrificio, como en el caso del que se encuentra ubicado a un costado del gran cenote de los sacrificios de Chichén Itzá; también se han encontrado asociados a juegos de pelota, y se encuentran menciones de ellos en rituales relacionados con el nacimiento de dioses, como se menciona en El ritual de los Bacabes o como el ejemplo ya mencionado del templo de la cruz en Palenque, Chiapas.

Desafortunadamente, en la actualidad existe una desinformación generalizada sobre el conocimiento del baño de vapor, popularizándolo como un atractivo turístico bajo el título de temazcal, y promocionándolo como parte de los paquetes en resorts turísticos, principalmente en la península de Yucatán; frecuentemente refiriéndose a ellos como “Auténtico ritual maya o Temazcal maya” y, en su práctica, llegan combinar distintos conceptos que no solo no corresponden al área maya sino que ni siquiera están relacionados con las culturas que se desarrollaron en Mesoamérica. De esta manera transmiten información falsa a quienes compran estos paquetes o desean aprender sobre esta temática, y los alejan de lograr entender la diversidad de conocimientos y simbolismos que en estas prácticas confluyeron.

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Respecto al trasfondo mágico y religioso que existe detrás de esta práctica médica ancestral, lo que se puede decir es tan amplio que este texto no puede abarcarlo por su naturaleza compacta, pero se puede afirmar- a grandes rasgos- que se trata que una práctica ligada al control de la temperatura corporal (la cual en la tradición maya es entendida como algo cuyo desequilibrio afecta al cuerpo y al alma y es la causante de diversos padecimientos). Al mismo tiempo, distintos investigadores han propuesto que el baño de vapor está ligado -de manera simbólica- a las cuevas y estas a su vez al origen de las personas y al útero de la mujer. Y también se encuentra asociado a prácticas femeninas o predominantemente guiadas por mujeres. Un ejemplo claro de la actualidad es la persistencia de su uso en lugares como San Juan Chamula en Chiapas, México; y Petén, en Guatemala, donde su principal función está asociada al tratamiento del parto y terapia postparto, donde quienes llevan a cabo estos tratamientos son mujeres mayores, especializadas en este tipo de procedimientos.

Sin duda alguna el baño de vapor fue un tema central en la vida cotidiana y la salud de los pueblos prehispánicos de México, y aún es una práctica importante en los lugares donde persiste su uso de manera hereditaria, y si bien no tiene nada de malo hacer uso lúdico de los llamados temazcales en los parques turísticos, es importante preguntarse qué tan apegados están al importante bagaje histórico y cultural que ese nombre representa.

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