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Una Virgen castellana en tierras mayas

Dr. Victor Hugo Medina Suárez

Dr. en Historia

La Soterraña de Nieva en Yucatán, siglo XVII

La Virgen de la Soterraña es una advocación española que presume su gran santuario en un pequeño pueblo llamado Nieva, cerca de Segovia, en Castilla la Vieja. Su leyenda, ocurrida en un pedregal de pizarra, se remonta al siglo XIV y relata las manifestaciones de la Virgen a un humilde pastor llamado Pedro de Buenaventura, quien recibió de la Señora la misión de ir ante el obispo de Segovia para suplicar que se le erigiese un templo en un lugar por ella indicado. El pastor, después de sortear muchos obstáculos ocasionados por los servidores del mitrado, logró ser escuchado; pero para recibir credibilidad, se le pidió una prueba. Cabizbajo, se retiró con tristeza e informó de ello a la Virgen, que ya lo esperaba. Ella lo motivó y le dijo que tomara unas cuantas pizarras del suelo y las llevara como evidencia. Pedro, un tanto aturdido, obedeció la orden y pronto estuvo de nuevo ante los criados del obispo, quienes, burlescos, trataron de arrebatarle la prueba, pero no pudieron, pues cuando la tomaban, por más fuerza que hacían, no la podían separar del portador. Asustados, fueron ante su amo y le contaron lo ocurrido. El mitrado, acercándose a Pedro, tomó de su mano la pizarra y ésta se separó sin ningún esfuerzo, hecho que se consideró milagroso. De inmediato, el obispo se trasladó al pizarral y pidió a sus ayudantes que levantaran una piedra que Pedro les indicó; debajo de ella hallaron una imagen de la Virgen con el niño en su brazo derecho y con un cetro de reina en la mano izquierda, la que desde entonces fue conocida como La Soterraña, por haberse encontrado enterrada en el pizarral.

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Esta historia milagrosa trascendió en el tiempo y en el espacio, sobre todo porque fue promovida por los reyes Enrique III de Castilla y Catalina de Lancaster (1390-1406), y luego por sus sucesores, convirtiéndose en una devoción preferida por la monarquía. La Virgen Soterrada pronto tuvo el atributo especialísimo de proteger a los creyentes contra los rayos y centellas que del cielo caen en las tempestades. Su fama trascendió y, con la conquista de América, La Soterraña cruzó el Atlántico en manos de los dominicos, sus principales promotores. En el Nuevo Mundo, esta advocación tuvo altares en Argentina (Córdova y Buenos Aires), en Filipinas, en Michoacán y en la ciudad de México. Y, con mucho asombro, hallamos en nuestra Península tres hermosas tallas en cantera con su  imagen coronando las iglesias de Ichmul, Sabán y Chikindzonot, poblados que durante la colonia pertenecieron a la entonces extensa diócesis de Yucatán.

La presencia física de estas obras se debe a la ejecución escultórica de Pascual Estrella, cantero que, durante los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX, fue muy prolífico, dejando su arte en muchas iglesias yucatecas, sobre todo de la región sur. No obstante, la autoría intelectual se atribuye al presbítero Juan Manuel Rosado, quien fue cura de Chikindzonot y luego de Ichmul, cuyo pueblo auxiliar era Sabán. Este sacerdote tuvo el encargo de construir los templos antes mencionados y tomó la decisión de que La Soterraña debía quedar labrada en los frontispicios. En el caso de Chikindzonot, se puede leer con toda claridad una cartela que dice: “N.S DE LA SOTERRAÑA, PROTECTORA CONTRA RAYOS Y SENTELLAS”. Esta Iglesia se comenzó en 1773, cuando el padre Rosado fue nombrado su cura. Por otro lado, los templos de Ichmul y Chikindzonot comenzaron a levantarse en 1765, pero el mayor avance de la obra lo hallamos entre 1782 y 1790 cuando el padre Rosado erigió los muros y mandó a tallar la cantería que incluía a las dos vírgenes, una para cada fachada.

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Juan Manuel Rosado fue un presbítero muy allegado al obispo dominico don Antonio Alcalde (1762-1771), el cual impulsó la carrera eclesiástica del padre Rosado y le otorgó importantes responsabilidades diocesanas. El obispo, antes de llegar a Yucatán, fue prior del convento dominico de Segovia, región en donde la Soterraña de Nieva tenía mucha influencia. Es posible que La Soterraña de Yucatán sea la materialización de la devoción del obispo, a través de Juan Manuel Rosado. Esto no sería raro, ya que muchos sacerdotes construían templos y dejaban en sus frontispicios emblemas, nombres e incluso devociones de sus prelados, tal como se puede ver en Tahdzibichén y en la Ermita de Santa Isabel de Mérida, como ejemplos en donde se exhibe el nombre del obispo patrocinador de la obra.

La Virgen de la Soterraña se identifica por sus atributos iconográficos, los cuales son: la imagen de María con corona real, con el niño en sus brazos y un cetro en una mano; la escena se presenta en un espacio con cortinas que descubren dos ángeles, y dan luz a la escena un par de candelabros, uno a cada lado de la señora. Es interesante mencionar que en los pueblos en donde están las imágenes, la gente piensa que se trata de la Virgen de la Candelaria, confundiendo el cetro con una vela, a pesar de que en el caso de Chikindzonot existe la ya mencionada cartela que se lee con mucha claridad. La razón se debe a que la población original de esos lugares abandonó los asentamientos durante la Guerra de Castas, por lo que los vecinos actuales son gente que en su mayoría migró a estos sitios con motivo del auge que trajo la recolección del chicle, ya muy entrado el siglo XX. Por lo mismo, las imágenes marianas talladas fueron resignificadas por la nueva sociedad que ahí se asentó, dejando en el olvido a la advocación original. No obstante, la Virgen de la Soterraña se encuentra ahí, “pulchra ut luna, electa ut sol” (bella como la luna, resplandeciente como el sol), tal como la imagino Pascual Estrella, tal como la ordenó Juan Manuel Rosado, y tal como la veneró el obispo Antonio Alcalde, en aquellas inquietantes postrimerías del siglo XVIII.

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