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El Auto de fe de Mani. Una pérdida humana y cultural

Jorge Cortés Ancona, Investigador de temas culturales

Entre cánticos religiosos, una fila de indígenas desnudos de la cintura para arriba, con gorros de forma cónica, portando velas y grandes cruces rojas, y amarrados por una misma cuerda, caminan trabajosamente rumbo a los cadalsos armados en el atrio del convento de Maní. Son acusados de seguir adorando a sus dioses. Ese 12 de julio de 1562, una multitud de hombres y mujeres mayas, donde también se ve a españoles venidos de la capital de la provincia y, en especial, a frailes franciscanos, forman parte de esta ceremonia: es un auto de fe, un acto inquisitorial para castigar en público a herejes e idólatras y con ello servir de escarmiento a la población.

Lo encabeza un fraile llamado Diego de Landa, que ostenta el cargo de provincial de la orden franciscana en Yucatán y Guatemala y que, a falta de obispo, se ha arrogado el derecho de actuar como juez inquisidor. Tiene el apoyo del alcalde mayor, Diego de Quijada, quien también forma parte de quienes juzgarán a los acusados.

El convento ha sido apenas el tercero en haberse construido en la península, después de los de Campeche y Mérida. Dentro del conjunto arquitectónico destaca la capilla de indios, con el monumental arco del presbiterio y una enorme ramada de unos 22 metros de ancho x 56 metros de longitud. Aunque provisionales, los cadalsos de madera acompañados de instrumentos de tortura marcan un contraste total.

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Manuscritos de Diego de Landa

Maní era relevante también por haber sido la capital del cacicazgo encabezado por Tutul Xiu, fundamental aliado de los españoles para hacer posible la conquista. Asimismo, es sede de una escuela de enseñanza religiosa, que ha rendido frutos muy temprano en los niños y jóvenes mayas que han asimilado con rapidez la doctrina católica, instituida en la región de manera reciente.

Semanas antes, dos de esos niños catequizados habían descubierto en una cueva huesos humanos y de un venado, ofrendas y esculturas donde la sangre aún escurría. Tal acción quizá haya sido un montaje que sirviera de pretexto para el escarmiento colectivo. El guardián del convento, fray Pedro de Ciudad Rodrigo, verificó enseguida el hallazgo idolátrico y con premura mandó informes a su superior, Diego de Landa.

Las maquinarias judiciales, religiosa y civil embonaron y se tomaron medidas drásticas. Se empezó a interrogar a quienes vivían en las cercanías de la cueva y pronto los interrogatorios se hicieron por miles. Los medios para lograr la confesión para los cientos de sospechosos fueron muy crueles: ser colgados de las extremidades empleando piedras; derrame de cera ardiendo sobre la piel; colocación en cepos; abertura de bocas con un palo a fin de verter el contenido completo de un cántaro en cada una de ellas, para que luego un alguacil español pisara las barrigas hinchadas. Crueles al grado de que muchos, inocentes por completo, prefirieron declararse poseedores de “ídolos” para evitar los castigos corporales; otros optaron por suicidarse; unos cuantos lograron huir de la comunidad, aunque quizá su destino haya sido también el suicidio.

Se fueron acumulando las imágenes de dioses mayas, los códices de piel de venado, las vasijas, platos e incensarios, propios del culto de la antigua religión. También se averiguó que personas fallecidas en tiempos recientes habían seguido practicando los rituales a los dioses, a pesar de haber sido evangelizadas. Sus huesos fueron desenterrados del lugar sagrado donde se hallaban y añadidos a la pila de objetos confiscados.  

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La Relación de las cosas de Yucatán, es un libro manuscrito por el obispo español Diego de Landa, alrededor de 1566.

Las sentencias se habían dictado un día antes y ahora correspondía ejecutarlas. Los tormentos para los principales acusados consistieron en cien o doscientos azotes, rapaduras de cabello y colocación de las denigrantes vestiduras amarillas llamadas sambenitos; también penas pecuniarias, muchas de ellas en moneda metálica, otras consistentes en granos de cacao. Los caciques acusados fueron despojados de su dignidad de tales y condenados, al igual que la mayoría de los involucrados, a cumplir trabajos forzados en los conventos.

Las esculturas de piedra y de barro, los códices con los glifos donde se asentaba la cronología ritual y los hechos del pasado, las “historias de sus antigüedades”, como dijo el historiador López de Cogolludo, ardieron en Maní hasta desaparecer para siempre.

Fue un duro golpe físico y moral para la colectividad indígena. Pronto las pesquisas y los consiguientes castigos se extendieron a los pueblos de Sotuta y Hocabá. Empezó a latir una rebelión contra un poder tan despótico, más grave aun por provenir de los religiosos y no de los militares o de los encomenderos. También había quejas de españoles, como consta en documentos de la época.

Al mes siguiente del auto de fe llegó el primer obispo, Francisco de Toral, quien perdonó a los acusados, reestableció la calma y procuró la evangelización por modos persuasivos. El irascible Landa tuvo que abandonar sus funciones y dirigirse a España a defender sus actos. Años después, el alcalde mayor Quijada habría de ser depuesto y juzgado con severidad por su mal desempeño en el cargo.

A la muerte de Toral, Landa, ya exculpado, habría de regresar como el segundo obispo de Yucatán. También trataría de compensar su destrucción de miles de objetos y documentos escribiendo una Relación de las cosas de Yucatán, que se vino a publicar casi 300 años después.

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Quema de literatura maya por la Iglesia católica mural de Diego Rivera.

El auto de fe de Maní fue una trágica pérdida humana y cultural. Causó muertes, mutilaciones y terror. Nos privó de información valiosa acerca de los conocimientos, hechos y costumbres de los antiguos mayas. A pesar de ello, hay quienes justifican esa acción bajo el supuesto de que contribuyó a implantar la fe religiosa. Pero los medios que se emplearon son imperdonables y sus resultados fueron trágicos.  

Este suceso persiste en la memoria y los intelectuales mayas lo han tenido siempre presente. Como una acción simbólica y de participación masiva, en 1991 y en 2009, en aquel mismo atrio, un grupo denominado Sac Nicté representó la obra teatral bilingüe Bix úuchik u bo’ot ku’si’ip’il Manilo’ob tu ja’abil 1562 / El auto de fe de Maní o Choque de dos culturas, de Carlos Armando Dzul Ek, una obra nacida de las fuentes orales, de la memoria del pueblo maya que aún expresa: “retomaremos nuestro camino”.

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