Por Agustín Labrada
En honor a Cecilio Chi, uno de los líderes más connotativos de la Guerra Social Maya, se erige desde hace pocos días un nuevo museo creado por la maestra Angélica María Aban en el pueblo de Tepich, con el propósito de mantener vigente la memoria histórica.
“Este proyecto es muy importante para mí y para las nuevas y futuras generaciones. Saber la historia de nuestras raíces es conocer quiénes somos y quiénes lucharon por nuestra libertad. Tepich es la cuna de la Guerra de Castas”, nos dice la maestra.
Se afirma que este museo comunitario y centro cultural —que nace de una inquietud (al margen de las instituciones) de Angélica y algunos amigos enfrascados en difundir la historia— se localiza en la casa restaurada donde vivió en el siglo XIX Cecilio Chi.
Sin embargo, el doctor Gilberto Avilez, desde su muro de Facebook, pone en tela de juicio que sea esa la vivienda del general maya, ya que “…Tepich fue devastado durante la guerra (véase censos de la época y relaciones documentales que inundan el AGEY)”.
También, en su espacio NotiGuerradeCastas, Avilez acota: “Según las crónicas de la época, la tea incendiara fue prendida en Tepich en las primeras horas del 30 de julio de 1847, en el que los hombres de Cecilio Chi atacaron la población, saqueando a las pocas familias de ladinos del lugar.
“Anteriormente, el ejército yucateco había cometido crímenes de guerra, buscando a Cecilio. Cuatro días antes, el 26 de julio, el cacique de Chichimilá, Manuel Antonio Ay, fue fusilado en el parque de Santa Ana de Valladolid. Los ‘dzules’ tuvieron noticias de que Ay secundaría la rebelión generalizada…”
Sea o no sea la casa auténtica, en su interior ya se pueden apreciar documentos históricos, objetos de diversa índole e imágenes que configuran ángulos del ayer, cuando los mayas “cruzoob” lucharon contra la opresión de los yucatecos blancos.
El proyecto ha contado hasta ahora con el apoyo de la Fundación Mundo Sustentable, la Casa de la Crónica de Felipe Carrillo Puerto, el campus carrilloportense de la Universidad Autónoma del Estado de Quintana Roo y la Promotora Ambiental.
A su vez, el arqueólogo Fabian Olan, el maestro Miguel Góngora y miembros de la comunidad han donado algunas piezas que pueden contribuir con los fines didácticos para los que se crea este recinto, en cuya inauguración estuvieron distintas autoridades.
En ese acto, también se develó un busto con la figura legendaria de Cecilio Chi, se puso una ofrenda de flores y fue abierto al público un mural alusivo, en el contexto del 178 aniversario del inicio de la Guerra de Castas o Guerra Social Maya en la península.
Ese es el espíritu que flota en estos días. Traer al presente páginas de esa conflagración no sólo tiende nexos hacia el pasado, también pone en relieve que sin la guerra no existiría hoy el estado de Quintana Roo, que crece en una aureola cosmopolita.
En el periódico Caribe Peninsular, Jorge González Durán señala que “…en el antiguo cementerio de Tepich, hay una placa que consigna que allí está la tumba de Cecilio Chi; sí, pero sus restos fueron sustraídos por el ejército yucateco el ocho de marzo de 1851”.
Aunque haya imprecisiones sobre el domicilio y se desconozca a dónde fueron a dar las cenizas mortuorias, lo que importa hoy es la trascendencia de las hazañas que protagonizó el héroe, en el cauce de un pueblo originario amante de la libertad.
Se suma este museo a otros espacios peninsulares que retienen entre sus paredes una narración que a ratos parece real maravillosa; que en algunos de sus segmentos es casi leyenda; que se aproxima al mito, pese a su veracidad, y fluye por el perfil identitario.
Al parecer, la guerra no ha terminado, sólo transmuta sus matices y colores en el vaivén de la globalización y los impactos tecnológicos. Se combate aún por la igualdad y los museos recuerdan los caminos que vienen desde el fondo de tiempo hacia el porvenir.