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Una Mujer Fuerte Dejando Huella por Donde Camina

Una Mujer Fuerte Dejando Huella por Donde Camina

Carmen Gaitán, directora del Museo Regional de la Costa Oriental

El rasgo distintivo de mi biografía es la pasión por el arte y de ahí se desprende mi entusiasmo para compartir esa emoción con los otros. La forma que encontré para ejercer esa tarea fue la de emplearme en el campo de los museos. 

Desde pequeña, tuve en mi natal Chihuahua la influencia de la hermana mayor de mi madre: la tía Carmela Rojo de Elías, quien se destacó por su labor de promotora de conciertos, en aquel páramo que fue mi ciudad de infancia. Hábil conductora, realizaba frecuentes viajes en carro al Paso, Texas, y mi mamá y yo éramos sus acompañantes preferidas. 

Escuchar los relatos de problemas y complejos obstáculos que debía franquear para lograr el éxito de conciertos y audiciones que programaba con meses de antelación, en aquella titánica tarea de educar a un público, cuya aproximación a la música clásica eran las tertulias familiares, me parecía una  misión imposible y fueron por fortuna esas largas conversaciones en carretera las mejores lecciones que tuve para diseñar, en una carrera futura, la programación de exposiciones y actividades en museos, así como los obligados planes de logística para convertir proyectos en realidades.

Muy joven tuve la fortuna de que mis padres me mandaran a vivir la experiencia de una larga estancia en París. La ciudad luz era la meca del arte y en mi época aquella era la metrópoli mítica para aproximarse a la cultura universal. Comencé allá los estudios de Historia del Arte, carrera que culminaría años después en Casa Lamm, en la Ciudad de México.

He transitado por diversas instituciones culturales de raigambre —el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, la Secretaría de Relaciones Exteriores, y Fomento Cultural Banamex, entre otras— que han nutrido mi vida profesional con enseñanzas que difícilmente podría haber adquirido en diplomados y cursos escolares. 

Desempeñar labores en mi juventud al lado de maestros en museografía como don Fernando Gamboa, director del Museo de Arte Moderno, o haber sido la adjunta de Miriam Kaiser, la directora del Museo del Palacio de Bellas, o bien formar parte del equipo del Museo de Arte Contemporáneo de Televisa fueron circunstancias inmejorables para una joven que anhelaba conocerlo todo sobre la promoción y la gestión cultural. 

A la vez, transité por el mundo editorial. Mi paso por Ediciones Océano, Grupo Editorial Planeta, y Cal y Arena me aproximó al ambiente literario y periodístico. 

Mi labor al frente de los museos comenzó ya como directora en el año de 2007, cuando fui nombrada al frente del Museo Mural Diego Rivera en el que permanecí cuatro años. En el 2011, Teresa Vicencio me distinguió al designarme directora del Museo Nacional de San Carlos, y llegué en 2019 al Museo Nacional de Arte, el espacio que conserva las colecciones de arte mexicano de los siglos XVI al XX más importantes de nuestro país. 

Al finalizar mi gestión frente al Munal, el entonces director del INAH, el antropólogo Diego Prieto, me invitó a formar parte de un proyecto excepcional: inaugurar y dirigir el Museo Regional de la Costa Oriental, el primer museo maya en este lado sur de la entidad de Quintana Roo.

La propuesta del antropólogo Prieto implicó dejar atrás una construcción de afectos de vida laboral, social y cultural que implicaron años; sin embargo, el desafío compensó dejar una existencia y un modelo de inigualables vivencias que me hicieron muy feliz en la Ciudad de México.

Desembarcar en Tulum fue toda una proeza, ya que no conocía ni a una sola persona del lugar. Además de sus atractivos naturales, la gastronomía fantástica, el clima y las playas, la rapidez con que se va de un punto a otro de la ciudad… hacen de la vida cotidiana aquí un placer y queda tiempo para poder dedicarme a otros gustos, como la lectura.

Debo añadir que también ha representado un desafío acercarme a la comunidad a través de un museo. Mucho falta todavía por hacer, pero cada día más gente acude a nuestras actividades y se sorprende de encontrar una colosal edificación, obra de la prestigiada arquitecta mexicana Gabriela Carrillo.

Un museo es un espacio donde se preservan, exhiben, investigan y divulgan acervos, además de ser un recinto seguro. En este caso, en el Mureco se exponen en tres salas (La era del hielo; Mayas, una cultura milenaria, y Mayas del oriente peninsular) 300 piezas arqueológicas, entre ellas 50 reproducciones.

Hemos ido, a lo largo de un año, construyendo alianzas con empresarios locales, padres de familia, investigadores de la región, algunos líderes de los medios de comunicación y artistas residentes en Quintana Roo. Es así como el museo comienza a ser concebido como el nicho cultural que era tan necesario para una comunidad que, si bien cuenta con ofertas atractivas, estas están en función del turismo y no de la cultura artística. 

Ubicados al lado de la zona arqueológica de Tulum (la tercera más visitada del país) e insertos en el Parque del Jaguar, lo anterior ha implicado desarrollar campañas en las redes sociales que nos permitan comunicar al público cómo llegar hasta nuestras instalaciones, así como enterarse de la serie de diversas actividades permanentes que se llevan a cabo en el Mureco. Quien asista encontrará exposiciones, visitas guiadas, conciertos, visitas guiadas para jóvenes de comunidades mayas, conferencias, talleres para niños, próximamente cine y tianguis culturales. 

Pretendemos que el público se apropie del espacio y lo haga suyo. Nuestra misión es atender al público nacional e internacional con énfasis en la comunidad local.

A un año de haber llegado, el balance de mi estancia en Tulum es muy positivo. Vivo muy en paz, sin estrés, sin el agobio del mega tránsito de la ciudad grande, con la cercanía para visitar a los amigos en diez minutos, la posibilidad de cautivarme con el azul inigualable de las playas, deslumbrarme con los cielos poderosos, mirar durante horas cómo se mecen las hojas de la maleza. Descubro aquí la importancia de las pequeñas acciones, aquellas que nunca se detiene una a pensar en ellas debido al rush de la vida agitada.

Ahora el tiempo me permite reflexiones profundas y lo que más aprecio y por lo que siento un hondo agradecimiento es por la posibilidad de estar al frente de un museo con el que se puedan provocar cambios en las vidas de las personas, que alguien pueda entrar de una manera y salir de otra. 

Ya con eso me doy por bien servida.

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