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La Travesía de Michel Peissel: el Explorador Francés que Caminó entre Templos Olvidados de Quintana Roo

La Travesía de Michel Peissel: el Explorador Francés que Caminó entre Templos Olvidados de Quintana Roo

Antonio Reyes y Miguel Covarrubias — Investigadores de arqueología regional

Investigadores Miguel Covarrubias Reyna y José Antonio Reyes Solís

Centro INAH Quintana Roo

La región que actualmente conocemos como Reserva de la Biosfera Sian Ka'an formó parte de las antiguas provincias mayas de Uaymil y Ecab, que actualmente es la sección norte del estado de Quintana Roo. Aunque algunas de sus zonas arqueológicas fueron conocidas por el mundo occidental desde antes de la mitad del siglo XIX, como es el caso de Tulum, para los arqueólogos era un área casi inexplorada e inaccesible, debido a las condiciones ambientales y la inestabilidad provocada por el movimiento social maya conocido como Guerra de Castas.

En 1958, el explorador francés Michel Peissel, joven arqueólogo aficionado, hizo un recorrido por esta área. A los 21 años de edad, viajó aproximadamente 480 kilómetros a lo largo de la costa de Quintana Roo hasta Belice, registrando 14 sitios arqueológicos que hasta entonces eran desconocidos para la ciencia.

En la primera parte de su recorrido, desde el área de la actual Playa del Carmen hasta Tulum, Peissel documentó los sitios costeros de Puha (Paamul), Yochac (Chakalal), Puerto Chile, Ak, Yalku, Matanceros y Tancah. Algunos de estos sitios ya han desaparecido, por lo que su registro constituye parte de la poca información que se tiene actualmente sobre esos asentamientos.

Desde Tulum, Michel se trasladó a Chunyaxché (Muyil), que ya había sido reportado años antes por la expedición Mason-Spinden de 1926. En este lugar, realizó el primer croquis completo del núcleo de esa antigua ciudad, que puede considerarse como una valiosa aportación. Desde este último punto, un guía lo condujo —durante un día de caminata por una vereda a través de la selva hasta la costa— a un rancho cocalero llamado Capechen, donde posteriormente se identificaría un pequeño templo.

Al día siguiente, los habitantes de Capechen lo llevaron en canoa por la laguna del mismo nombre a través de Boca Paila hasta el litoral norte de una isla alargada 

A partir de ese momento, Peissel quedó solo y caminó varios kilómetros hacia el sur, hasta que llegó a otro rancho cocalero llamado San Miguel de Ruz. Allí fueron hospitalarios con él y, comunicándose con señas, porque no hablaba la lengua maya, le dieron a entender que en las cercanías había un sitio arqueológico.

San Miguel resultó ser un sitio de grandes dimensiones. Con la ayuda de gente local, Peissel limpió uno de los costados del basamento principal del sitio, de más de siete metros de altura y con un templo conservado en su cúspide, y tomó una magnífica fotografía. Hizo un croquis aproximado del asentamiento, registrando su extensión y la distribución y forma de sus edificios, entre los que se contaban otros ejemplos de arquitectura en pie típica de la costa oriental.

Ahí mismo le informaron sobre otros edificios grandes que se hallaban como a un kilómetro más hacia el sur, en un lugar llamado Zamach, aunque él entendió que el nombre era Chamax y así lo registró. También le advirtieron que ahí vivían unos peligrosos bandidos procedentes de Veracruz.

A pesar de las advertencias, el joven Peissel se dirigió más al sur y fue capaz de localizar los edificios en ruinas de Zamach (o Chamax), donde hizo un croquis y tomó fotografías. Aquí hay dos edificios principales: uno es un basamento piramidal con un templo en la parte superior y la fachada dirigida al norte, que en ese tiempo estaba bien conservada. El segundo edificio, de forma rectangular y con dos entradas que daban al oeste, conservaba restos de pintura en la fachada y una gran cantidad de impresiones de manos rojas en los muros internos, que paulatinamente se han ido desvaneciendo.

Cuando estaba absorto en sus labores, Michel se dio cuenta de que los bandidos estaban arriba del edificio. Les tomó una fotografía —que años más tarde usaría en la portada de su libro El mundo perdido de Quintana Roo— y eso aparentemente molestó mucho a los individuos que comenzaron a insultarlo y amenazarlo.

El joven salió corriendo hacia la costa muy asustado. Durante varios kilómetros, siguió el litoral hasta un punto donde se sintió seguro, pensando que había logrado escapar de los malhechores.

De pronto, en ese lugar se percató de que había otro pequeño templo maya, hermosamente decorado con nichos que contenían celosías hechas con ramas de coral. No tomó fotografías, pero hizo un boceto de una sección del edificio donde se mostraba la decoración. Algo que brillaba en la superficie de arena llamó su atención. Era un fragmento de obsidiana procedente de tierras lejanas.

A pesar de su juventud y de no ser un arqueólogo profesional, ese hallazgo lo hizo reflexionar acerca del papel que estos sitios debieron jugar en las redes de navegación comercial a larga distancia. También se dio cuenta de que los tres asentamientos que había observado dentro de la isla no estaban tan distantes entre sí y que en el pasado debieron haber conformado una sola comunidad.

Sabiendo que no podía permanecer más tiempo en ese lugar, dado que el peligro de que lo pudieran encontrar los bandidos aún estaba latente, decidió proseguir su camino rumbo a Belice.

La siguiente parte de su trayecto tal vez fue la más ardua del recorrido. En esa área, es muy difícil encontrar agua dulce y alimento, salvo los cocos que podían hallarse en el camino. El joven dependía en gran medida del machete que llevaba consigo para poder abrir los cocos. Llegó a una parte donde la isla se convertía en una angosta franja de arena entre el mar y la laguna, con varias bocanas que comunicaban ambos cuerpos de agua.

Cuando atravesó una de las bocanas que tenía cierta profundidad, por cuidar que no se mojara su equipo, soltó el machete y lo perdió. Por salvar su mochila, ya no tenía manera de sobrevivir, pues ya no podría consumir cocos, que eran su única fuente de alimento y bebida. Caminó varios kilómetros por la delgada barra hasta que sintió desfallecer. Pensó que iba a morir allí.

Peissel vio que la isla comenzaba a ensancharse de nuevo y que crecía vegetación mayor. Continuó un poco más y comenzó a atardecer. Decidió descansar un poco a la sombra y de repente divisó otro templo.

Esa visión hizo que olvidara su malestar. A diferencia de los otros edificios que había encontrado, este era de forma oval, tan sólo con unas molduras como decoración y una entrada pequeña.

Cuando se asomó al interior, se llevó otra gran sorpresa. Había un coral cerebro enorme. Era imposible que los mayas hubieran podido meterlo por la estrecha puerta. Más bien, habían construido el templo en torno al coral.

Ya estaba anocheciendo, tomó fotografías e hizo un croquis del templo. Como estaba muriendo de hambre y sed, continuó su camino casi en la oscuridad hasta que llegó a otro rancho llamado San Francisco, donde fueron hospitalarios y le dieron agua y comida.

El dueño del rancho brindó información muy valiosa acerca de los sitios que había visitado. Ahí se enteró de que el sitio con el gran coral en su interior era conocido como Recodo San Juan y que el de los nichos con celosías, donde encontró la obsidiana, era Punta San Juan, que posteriormente fue corregido como Punta Chamax. Al día siguiente, su anfitrión le mostró los restos de un edificio maya que había sido destruido recientemente para aprovechar la piedra en nuevas construcciones, pensó que esa debía ser la peor pesadilla para cualquier arqueólogo. 

Con la evidencia que había compilado, llegó a la conclusión de que esta isla debió ser un gran asentamiento marítimo de los mayas.

Repuesto de su larga travesía, Peissel continuó su camino y llegó hasta la punta sur de la isla, donde había un faro automático que recientemente había sido dañado por un huracán. Allí encontró a un pescador que habitaba el lugar en forma temporal, quien accedió a llevarlo en su embarcación, por un pago de veinte pesos, a través de la bahía de la Ascensión, hasta el área cercana a lo que se conoce como Punta Pájaros.

En esta costa, halló a un nuevo y extraño guía que vivía en total soledad y a veces hablaba solo, quien también por un pago accedió a llevarlo a través de un área devastada por huracanes y tormentas en el rumbo hacia Belice. Peissel sabía que hacía unos años los arqueólogos Samuel Lothrop y Thomas Gann habían encontrado por ahí un sitio que llamaron Chac Mool, pero habían llegado por barco y no hicieron recorridos a pie por la zona. Pensaba que debería haber más ruinas escondidas en este lugar, porque los arqueólogos que habían estado en la costa de Quintana Roo lo habían hecho navegando y sus exploraciones habían sido someras.

Tenía razón, en el camino divisaron otro pequeño edificio rectangular, totalmente arruinado. Según el guía, el lugar se llamaba Punta Arena. Caminaron más y llegaron al cocal de Santa Rosa, en cuyos terrenos se hallaba el sitio de Chac Mool. El guía desapareció y Peissel no lo volvió a ver jamás, pero, para su fortuna, se encontró con los amistosos habitantes del cocal.

Uno de ellos le informó acerca de la existencia de un edificio situado tierra adentro. Al siguiente día, lo fueron a buscar y, tras un arduo recorrido de varias horas entre manglares y lagunas, encontraron una gran estructura rectangular con una pequeña construcción en el segundo piso. Sus muros estaban decorados con celosías de coral similares a las que vio en el pequeño templo de Punta Chamax, al otro lado de la bahía. 

Este gran templo, llamado Tupak, tenía un amplio portal con columnas y dos cabezas de “dragón” que enmarcaban la entrada. En el interior, se podía acceder a una segunda habitación a través de tres entradas hechas en el muro que las separaba. Adentro, había una gran banqueta pegada a la parte posterior, que servía como altar. Allí encontró restos de cerámica y unas cuentas de jade. Tomó varias notas y fotografías, y emprendió el regreso a Santa Rosa.

Por las dimensiones del edificio, Peissel conjeturó que debió ser el centro de una gran comunidad portuaria que, junto con sitios como San Miguel y Chamax, formaba parte de una red comercial conectada mediante la bahía, así como varias lagunas y canales navegables. La pequeña construcción superior debió ser alguna especie de faro visible para los navegantes o desde algún otro sitio vecino.

Al dia siguiente, exploró el sitio de Chac Mool, situado junto al rancho cocalero. En este, contabilizó siete estructuras, con el mismo tipo de arquitectura, pero sin decoración elaborada como las celosías de ramas de coral o seres fantásticos que había visto en otros sitios. Una tenía impresiones de manos rojas iguales a las que fotografió en Chamax. Otra, que llamó su atención, no tenía el muro frontal, sino que estaba compuesta por nueve columnas cilíndricas que le recordaron el Templo de los Guerreros de Chichen Itzá.

Después de más de 30 días de recorrido por la costa de Quintana Roo, apenas estaba a la mitad de la distancia de su camino a Belice. Siguiendo su trayecto, atravesó la bahía del Espíritu Santo en lancha y siguió por la costa, hallando otros cinco sitios arqueológicos, hasta que logró cruzar la frontera con el país vecino.

Décadas después, algunos arqueólogos profesionales han centrado sus estudios en la actual Reserva de la Biosfera Sian Ka'an, especialmente Anthony P. Andrews, quien revisitó todos los sitios documentados por Peissel y halló otros más llamados Dos Pistolas y San Francisco, en el mismo cocal mencionado antes, pero que pasó inadvertido para el viajero francés.

Tupak y Chac Mool fueron excavados y restaurados por el arqueólogo Enrique Terrones en la década de 1990, y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha hecho varias temporadas de exploraciones y restauraciones en Muyil hasta fechas recientes.

El actual camino de terracería que va de Tulum a Punta Allen, a través de la reserva, se hizo muy cerca de varios de los monumentos situados en la isla explorada por Peissel y Andrews, habiéndolos expuesto al saqueo y la depredación. Lo único que los protege en la actualidad es la selva costera, ocultándolos de la vista de la gente.

Entre 2023 y 2024, se llevó a cabo una temporada de restauración de edificios arqueológicos mediante el Programa de Mejoramiento de Zonas Arqueológicas (Promeza) del gobierno federal. La mayor parte de los esfuerzos se han centrado en el sitio Punta Chamax, que había perdido casi el 50 por ciento de su volumen constructivo. Afortunadamente, las piedras labradas que cayeron no fueron removidas de su posición original, por lo que fue posible usar una técnica llamada anastilosis que permitió la reintegración de la estructura y su fachada.

Asimismo, con el equipo de arqueólogos y trabajadores de Promeza, de Tulum, se hicieron restauraciones parciales en el sitio Recodo San Juan y labores de mantenimiento preventivo en San Francisco, Dos Pistolas y Chamax.

Aún queda mucho por hacer para conservar estos monumentos y localizar otros que no son conocidos en el área. Si vas por ese camino y llegas a ver algunos de estos edificios, respétalos. No los dañes, por favor. Son muy frágiles y no están adaptados para la visita del público.

La Travesía de Michel Peissel, el Explorador Francés Que Caminó Entre Templos Olvidados de Quintana Roo
La Travesía de Michel Peissel, el Explorador Francés Que Caminó Entre Templos Olvidados de Quintana Roo
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