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Tras los Enigmas de Tulum

Tras los Enigmas de Tulum

Allan Ortega, antropólogo físico, investigador y docente

La primera vez que entré en el recinto amurallado de Tulum, conocido como Zamá por los mayas antiguos, fue como en mayo de 2002. Acababa de terminar mi posgrado en demografía, en El Colegio de México, con temas de demografía histórica de los pobladores decimonónicos de la Ciudad de México, por lo que al ver los restos de esta antigua ciudad me parecieron excepcionales por la forma en que estaban ubicados los edificios sobre un risco, a la orilla del mar Caribe. 

En ese primer contacto, sentí que a la ciudad le faltaba algo. ¿Dónde vivió el resto de la gente que contribuyó a construir lo que hoy conocemos como El Castillo, el Templo de los Frescos o la Casa Cenote? Era evidente que había pocas casas en ese espacio amurallado de 74 metros cuadrados.

El arqueólogo Antonio Benavides escribió en 1981 que Tulum era una “comunidad longilínea de unos ocho kilómetros de largo por unos 200 metros de ancho”, que cubría una superficie de un kilómetro y medio, pero que debió haber sido mayor, ya que no se tienen delimitadas las zonas habitacionales al poniente y el norte de Tancah, ni al sur de Tulum. 

Esa tarde de 2002, dejé la antigua ciudad y me adentré en lo que consideré un pueblo, de casi siete mil habitantes para ese año, de acuerdo con el censo del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Me pareció pintoresco, bajo un dominio hippie y con un toque de calma en comparación con la vibrante y cosmopolita Cancún. El Tulum antiguo estaba disociado del Tulum de ese momento, pues los pocos mayas tulumenses que vi se mezclaban con inmigrantes y turistas.

En enero de 2003, ingresé como investigador al INAH, adscrito a Quintana Roo, y empecé a radicar en Chetumal. Así comencé a interesarme por develar los misterios —que observé en ese primer viaje a Tulum— sobre la gente de antaño y la que vive hoy en este espacio “paradisiaco”.

La antropología y la demografía fueron los pilares en los que fundamenté mis investigaciones para comprender quiénes fueron, cómo vivieron, de dónde vinieron, cómo se organizaron social y culturalmente, y cómo murieron, no sólo los habitantes de Tulum prehispánico, sino también los de los diferentes asentamientos mayas de la costa de Quintana Roo. Igualmente, a lo largo de estos 20 años que he vivido en la región, me di cuenta de que la gente de la costa no vive en el “paraíso”.

Para conocer a la gente del Tulum antiguo, analicé diversos individuos que fueron enterrados en edificios ubicados en el interior de la muralla, explorados ya por los arqueólogos Lourdes Martínez, Ernesto Vargas, Luis Leira, Enrique Terrones y Antonio Reyes entre 1974 y 2023. 

La mayoría de las personas analizadas (265 individuos aproximadamente), que representan a antiguos tulumenses, nacieron y murieron entre los años 1200 y 1540 d.C. El 75 por ciento eran adultos (entre 17 y 60 años). Quizás los niños pudieron haber sido enterrados en otras zonas de Tulum, aún no exploradas, ya que, como en otras sociedades del mundo, tendrían que pasar un ritual de paso para adquirir un estatus reconocido socialmente como para que se les enterrara junto con los adultos. 

La mayoría de la gente nació en Tulum, pero como en el Tulum de hoy, hubo inmigrantes, según análisis químicos que hemos realizado en huesos y dientes de algunos de los restos óseos, que provenían de zonas como el Golfo de México y las tierras del norte de la península de Yucatán. 

La gente de Tulum tuvo cierta cercanía genética con la gente del oriente de la península a través de los estudios de los dientes, análisis realizado en conjunto con el doctor Andrea Cucina. Además, algunos de estos antiguos habitantes practicaron una forma de deformación craneana típica de la costa del Golfo, según estudio realizado junto con la doctora Vera Tiesler. 

Inmigrantes y oriundos de Tulum compartieron genes y tradiciones en un marco de intensa interacción socio-cultural y económica. La población tenía un perfil joven, con esperanzas de vida de alrededor de los 19 a los 22 años de edad. Esto promovería que la población creciera tanto por los nacimientos que reemplazarían a los niños que morían a edades tempranas, por causas de muerte hoy fácilmente prevenibles, y por la inmigración de nuevos pobladores. 

Esto daría un dinamismo a la antigua ciudad que estuvo conectada con el comercio, dada la evidencia que nos ofrecen los arqueólogos, de objetos de otras tierras (como cobre, obsidiana y jade), pero también la actividad económica local generaba medios de subsistencia necesarios por medio de la pesca, la caza y, seguramente, la agricultura en sus solares y traspatios, y ello ha dejado huella en sus huesos al mostrar una fuerte robusticidad en hombres y mujeres.

Fuertes cargas de trabajo, ambiente cercano a humedales o pantanos, el impacto de huracanes y otros factores estresantes hacían que la población tuviera que enfrentar ciertas condiciones de vida difíciles, pero sobre todo en los primeros años de vida, ya que muchas de las personas analizadas mostraron indicadores de anemia y de que su crecimiento se detuvo en algún momento de su niñez. 

Ya adultos, la gran mayoría de ellos mostraban evidencias de infecciones, posiblemente de tipo respiratorio y digestivas, que es lo más común en poblaciones antiguas, por contacto con agentes patógenos que son propicios y que los españoles detallaron ampliamente en sus crónicas cuando navegaban frente a las costas quintanarroenses entre años de 1528 a 1530.

La alimentación de esta gente era rica en pescados, moluscos, animales marinos, aves, venados, pecaríes, tortugas, combinada con diversos vegetales. Esto se deduce a través de evidencias que proporcionan análisis químicos en huesos y dientes, y micro desgaste dental. La evidencia del consumo de diversos vegetales es importante, ya que posiblemente no fueron cultivados intensivamente, y su principal fuente de alimento fue de origen marino.

La población maya yucateca ya no es el principal grupo de Tulum. Los retos sociales, económicos y ambientales del crecimiento demográfico seguramente impactan negativamente en las condiciones de vida de los actuales tulumenses, como el crecimiento y el desarrollo de los niños a causa de una nutrición inadecuada de comida altamente procesada, o bien por la acumulación de desechos (producto del turismo) y la contaminación de cenotes y aguas subterráneas.

Hoy como ayer, vivir en este paraíso requiere de trabajo, conciencia social y, sobre todo, estar en armonía con el entorno, que es lo que nos da el sustento para trascender.

Tras los Enigmas de Tulum.
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